Preciosos aquellos amantes como Romeo y Julieta.
Con la joven promesa en los labios del "por siempre".
Y se los escucha con los sentidos envidiosos, era tan fácil.
Enamorados del amor, así era como estaban.
Los ojos de ella no brillaban al verlo, sino al sentir en el estómago aquello que sentía cuando le veía.
Sonreían al haber trasvasado ese inmenso mar.
Pero sus latidos se sentían descompasados.
El amor había caído -en la cabeza de él-, no ella. Si fuera la admiración a su cuerpo lo que atravesaba su cabeza en ese momento lo hubiera sentido vivo, pero percibió muerto el vino del enamoramiento.
Azules se volvieron sus cuerpos, enamorados como estaban del vino.
Pero nuestros cansados cuerpos buscan la simpleza en otras cabezas.
La gloria de conocer y entender a alguien.
