Entra, entra y entra, sumergiéndose en el mar de tierra. O yo lo hago, pero a la vez lo hacemos los dos. Desgarra la tierra, profundamente entierra su sangre, para encontrar los espacios vacíos, y dejarlos derramarse en el mar. Los marca con colores especiales, que se mezclan pero sin perderse. Es como un arcoiris sin luz, pero que todavía puede recuperarse para volver a su lugar en la tierra, sano y con menos sal, vinagre y aceite. Aún queda en mi poder la creación del catálogo para entender mil colores. Y aveces no me alcanza la sangre y el sudor para seguir escribiéndolo. Igual no debería seguir salteando las líneas entre las baldosas. De tanto evitarlas me quedo sin poder adentrarme en sus tierras.
Necesito branquialgas.
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