Pero la estática no funcionaba, la gravedad tampoco.
De una forma extraña, la Tierra me empujaba y luego me atraía hacia ella.
Tantas volteretas me daban vueltas la cabeza.
Parecía que no tenía un camino para seguir.
Me adentré en un bosque que me parecía conocido...
Árboles de un color beige y verde tan intensos que parecían brillar.
La tierra rojiza parecía no terminar en ningún lado.
El río se oía cercano. Me acerqué y vi que era mágicamente más líquido y flotante que el agua. Se mecía tranquilamente sobre piedras de colores llamativos.
Me abalancé sobre la dulce tierra que tanto extrañaba. Les susurré, hablé y grité a los preciosos árboles. Sabía que quizás (probablemente) no valdría la pena, pero aún así me esforcé por disfrutar mis segundos en mi preciado prado, y me deshice de la basura acumulada en mi cabeza desde hacía varias lunas.
Al legar al borde de aquel lugar, me detuve a observar la ciudad que estaba tan cercana. Bella antes era, ahora estaba en llamas. Bah, en brasas; pues había ardido por mucho tiempo. Paredes, techos, personas, cosas destruidas. Pequeñas personas todavía estaban en pie, pero difícilmente. La culpa me atacó como ácido desde todos lados, comenzó a consumirme. Me sentí responsable de aquel incendio, y parecía que no había remedio.
Pero desde mis pies urgió la necesidad de arreglarlo todo, hacer lo posible por ello.
Intenté, y no sé si fallé, pero decidí que ahora me enfocaría en el parque. Haría todo por verlo crecer, mas y más. Llevé el río hacia las nuevas semillas. Me encargué de dejar que todo siguiera su curso, pero ayudando en pequeños detalles. Sabía que no podía hacer desaparecer la ciudad, pero el bosque creció bastante sobre ella, y quedó olvidada.
Lo único que hacía era estar allí, y sonreía, al ver todo crecer.
Y supongo que una palabra que siempre olvido, por considerarla obvia, es gracias.
Gracias, por dejarme disfrutar de la frescura de aquel lugar.
Gracias, por darme la oportunidad de visitarlo de nuevo, y quedarme.
Gracias, por dejar que mis lágrimas formen parte del río.
Gracias, por haber dejado que siguiera creciendo sobre esa ciudad horrorosa que yo había descuidado.
Gracias, gracias.
Y sí, prometo. Prometo, juro, no alejarme de allí nuevamente. Le aseguro al viento que perfumes desagradables no cruzarán por allí otra vez. Les ruego a las piedras crean que no las pulverizarán como alguna vez se hizo. Se une al sonido de la tierra mi promesa de que no será pisoteada, ni abandonada. Tampoco engañada.
El ángel que habitaba todo ese lugar, escuchó mis palabras y probablemente no las creyó. Debería seguir gritando hasta que sean parte de sus ojos. Juré que su piel de marfil fino no sería dañada otra vez. Parpadeó y parpadeó, como despertando.
Despertar, la parte mas emocionante, tranquila y preciosa del día.
Que nos va a pasar ahora? Que más puede suceder? Renovar las ilusiones, para no desfallecer.
Y con tu piel dibujás, desdibujás mi aliento. Entre tus pies enredás mi tenura y desvanecés mis oídos con tus dedos. Así, tan fácil como te guardo entre mis pestañas y duermo dentro de tu ombligo, tan difícil va a desdoblarse mi cintura en el olvido.
domingo, 19 de diciembre de 2010
viernes, 17 de diciembre de 2010
Desequilibrio .
Y como si nada, de repente sobre la conversación caminaba.
Se mecía entre las palabras, haciéndose recordar.
¿Por cuánto tiempo había estado olvidado?
Pero apagar el hermoso brillo de las letras no le saciaba.
Entró por mi boca y sacudió mi garganta hasta encontrar un preciado lugar allí.
Jugueteó con mis cuerdas vocales, estrangulándolas.
Se cansaron sus débiles manos, y cayó.
A mi estómago. Entonces fue cuando se dedicó a nadar.
Pero su piel irregular y áspera raspaba. Creo que si seguía así íbamos a sangrar.
Tanto eso como yo.
Con brillo transparente se sentó sobre mi cabeza, y daba volteretas.
Entre ello, cavó y cavó a mi alrededor.
"No sé si alguna vez has sentido que estás parado sobre nada" - dijo alguna de las voces en mi cabeza.
Las paredes enloquecieron y se cernieron sobre mí.
En realidad todo estaba en calma. Pero el mar en mi cabeza había desbordado.
Quise hablar, y gritar todo lo que no había cantado durante demasiado tiempo.
Pero el reloj dijo que ya no quedaban minutos.
Salí por la puerta y todo se tranquilizó.
¿Estaba asegurado que esto era inseguro?
Se mecía entre las palabras, haciéndose recordar.
¿Por cuánto tiempo había estado olvidado?
Pero apagar el hermoso brillo de las letras no le saciaba.
Entró por mi boca y sacudió mi garganta hasta encontrar un preciado lugar allí.
Jugueteó con mis cuerdas vocales, estrangulándolas.
Se cansaron sus débiles manos, y cayó.
A mi estómago. Entonces fue cuando se dedicó a nadar.
Pero su piel irregular y áspera raspaba. Creo que si seguía así íbamos a sangrar.
Tanto eso como yo.
Con brillo transparente se sentó sobre mi cabeza, y daba volteretas.
Entre ello, cavó y cavó a mi alrededor.
"No sé si alguna vez has sentido que estás parado sobre nada" - dijo alguna de las voces en mi cabeza.
Las paredes enloquecieron y se cernieron sobre mí.
En realidad todo estaba en calma. Pero el mar en mi cabeza había desbordado.
Quise hablar, y gritar todo lo que no había cantado durante demasiado tiempo.
Pero el reloj dijo que ya no quedaban minutos.
Salí por la puerta y todo se tranquilizó.
¿Estaba asegurado que esto era inseguro?
domingo, 5 de diciembre de 2010
Eclipse.
Nos costó abrir la vieja cerradura oxidada, pero entramos.
Todo estaba cubierto de polvo y los colores se escondían detrás de las cortinas, debajo de la cama. Y no, nada se encontraba en perfecto estado: parecía imposible arreglar algo. Aunque las sábanas estaban puestas en la cama perfectamente, las patas y la cabecera estaban hechas pedazos. Los focos y las ventanas estaban hechos añicos. Las grietas en las paredes llenas de agua y un fuerte olor putrefacto, nos dejaban ver la fuerte estructura, apenas dañada. Las figuras de los cuadros estaban amordazadas de pies y manos, con los ojos cerrados.
Apagamos la luz, cerramos los ojos y bailamos descalzos sobre los vidrios rotos.
Cuando el piano comenzó a sonar, ya nos encontrábamos mareados y perdidos el uno en el otro.
Nos sentamos en el suelo a tomar el aire no respirado, y el perfume de la gloria empapó nuestros ojos.
Al abrirlos, la suave y sobreada luz de la luna entraba por una ventana, y colisionaba con la brillante y viva luz del sol que entraba desde... todos lados.
Los colores en la habitación se volvieron brillantes, pero todo seguía desordenado.
Todavía quedaban paredes por armar, ropa que ordenar, deseos que guardar.
Recorrimos la habitación poniendo empeño en cada paso, mirando los detalles de cada insignificante desastre.
Comenzamos, nuestras manos y rodillas se agrietaron ante el trabajo. Pero quedó perfecto, perfecto.
Entonces, salimos de allí para observar la obra terminada. Los colores se fundían con tal energía que costaba mirar hacia un solo lado. Mareaba, embriagaba.
Al oír nuestros acelerados corazones, la luna comenzó a llorar a ese ritmo. El agua salada curó nuestros pies, manos y rodillas. Además se deshizo del polvo que cubría nuestro cuerpo.
Recostados en el pasto observamos la luna posicionarse delante del sol, fundirse en un abrazo estrellado y desaparecer en la luminosidad del cielo, que parecía atardecer.
En esa tranquila, gloriosa y ganada paz, nos deshicimos de lo mas pesado de nuestra ropa, y suavemente nos acostamos en aquella enorme y cómoda cama. Nos miramos a los ojos, apreciándo cada partícula de nuestra alma.
Sonreímos, y dormimos.
Apagamos la luz, cerramos los ojos y bailamos descalzos sobre los vidrios rotos.
Cuando el piano comenzó a sonar, ya nos encontrábamos mareados y perdidos el uno en el otro.
Nos sentamos en el suelo a tomar el aire no respirado, y el perfume de la gloria empapó nuestros ojos.
Al abrirlos, la suave y sobreada luz de la luna entraba por una ventana, y colisionaba con la brillante y viva luz del sol que entraba desde... todos lados.
Los colores en la habitación se volvieron brillantes, pero todo seguía desordenado.
Todavía quedaban paredes por armar, ropa que ordenar, deseos que guardar.
Recorrimos la habitación poniendo empeño en cada paso, mirando los detalles de cada insignificante desastre.
Comenzamos, nuestras manos y rodillas se agrietaron ante el trabajo. Pero quedó perfecto, perfecto.
Entonces, salimos de allí para observar la obra terminada. Los colores se fundían con tal energía que costaba mirar hacia un solo lado. Mareaba, embriagaba.
Al oír nuestros acelerados corazones, la luna comenzó a llorar a ese ritmo. El agua salada curó nuestros pies, manos y rodillas. Además se deshizo del polvo que cubría nuestro cuerpo.
Recostados en el pasto observamos la luna posicionarse delante del sol, fundirse en un abrazo estrellado y desaparecer en la luminosidad del cielo, que parecía atardecer.
En esa tranquila, gloriosa y ganada paz, nos deshicimos de lo mas pesado de nuestra ropa, y suavemente nos acostamos en aquella enorme y cómoda cama. Nos miramos a los ojos, apreciándo cada partícula de nuestra alma.
Sonreímos, y dormimos.
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