Y con tu piel dibujás, desdibujás mi aliento. Entre tus pies enredás mi tenura y desvanecés mis oídos con tus dedos. Así, tan fácil como te guardo entre mis pestañas y duermo dentro de tu ombligo, tan difícil va a desdoblarse mi cintura en el olvido.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Eclipse.

Nos costó abrir la vieja cerradura oxidada, pero entramos.
Todo estaba cubierto de polvo y los colores se escondían detrás de las cortinas, debajo de la cama. Y no, nada se encontraba en perfecto estado: parecía imposible arreglar algo. Aunque las sábanas estaban puestas en la cama perfectamente, las patas y la cabecera estaban hechas pedazos. Los focos y las ventanas estaban hechos añicos. Las grietas en las paredes llenas de agua y un fuerte olor putrefacto, nos dejaban ver la fuerte estructura, apenas dañada. Las figuras de los cuadros estaban amordazadas de pies y manos, con los ojos cerrados.
Apagamos la luz, cerramos los ojos y bailamos descalzos sobre los vidrios rotos.
Cuando el piano comenzó a sonar, ya nos encontrábamos mareados y perdidos el uno en el otro.
Nos sentamos en el suelo a tomar el aire no respirado, y el perfume de la gloria empapó nuestros ojos.
Al abrirlos, la suave y sobreada luz de la luna entraba por una ventana, y colisionaba con la brillante y viva luz del sol que entraba desde... todos lados.
Los colores en la habitación se volvieron brillantes, pero todo seguía desordenado.
Todavía quedaban paredes por armar, ropa que ordenar, deseos que guardar.
Recorrimos la habitación poniendo empeño en cada paso, mirando los detalles de cada insignificante desastre.
Comenzamos, nuestras manos y rodillas se agrietaron ante el trabajo. Pero quedó perfecto, perfecto.
Entonces, salimos de allí para observar la obra terminada. Los colores se fundían con tal energía que costaba mirar hacia un solo lado. Mareaba, embriagaba.
Al oír nuestros acelerados corazones, la luna comenzó a llorar a ese ritmo. El agua salada curó nuestros pies, manos y rodillas. Además se deshizo del polvo que cubría nuestro cuerpo.
Recostados en el pasto observamos la luna posicionarse delante del sol, fundirse en un abrazo estrellado y desaparecer en la luminosidad del cielo, que parecía atardecer.
En esa tranquila, gloriosa y ganada paz, nos deshicimos de lo mas pesado de nuestra ropa, y suavemente nos acostamos en aquella enorme y cómoda cama. Nos miramos a los ojos, apreciándo cada partícula de nuestra alma.
Sonreímos, y dormimos.

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