Sentía que ya nada me aturdía, ni me dejaba a ciegas.
Fue un poco como volver a la vida.
La vida, ese vaivén que no existe realmente. Que se alimenta de aquel elixir doloroso que brota de los labios en silencio.
Fue como volver a entrar en ese juego.
Ese juego en el que todos pierden, al girar la cara luego de recibir una cachetada. Lógico, luego de que los sensores tan mal ubicados estallan en mil espinas que colorean tu piel, nada puede ser mas hermoso que mirar hacia el otro lado. Y de eso uno se enamora, de algo mejor. O peor, depende de como se vea.
Volví a caer hasta el infinito, con esa alternación de escalofríos en distintas zonas del cuerpo.
Las peores zonas, lamentablemente. Esas zonas que están puestas de tal forma que te destruyen.
Pareció, por un instante, que habría menos espacio.
Pero era otra trampa del columpio, me hizo creer que se movía al fin. Pareció que no estaba tan oxidado, tan chirriante y roto. Pero fue solo un instante.
Pero no, no me enamoré del otro lado,
por el simple hecho de que no hubo cachetada.
Pero no, todavía escucho y veo perfectamente. Jajaja, una mierda.
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