Tonta, ella.
Ella, que caminaba por un bosque coloreado.
Ella, que apreciaba los colores, pero creía que no los merecía.
Tal era su envolvimiento en esa creencia, que dejó de mirarlos.
Dejó de mirarlos, su alma se quedó sin sustento.
Ella, que siempre tuvo el camino marcado, se dejó llevar por las voces agudas que la llamaban del bosque.
Vio aquellos nuevos colores, que la confundían tanto que deseaba que le gustaran.
Ella, que enfrascada en su deseo lo consiguió.
Se desvió tanto del camino con los ojos tan cerrados.
Ella, que antes tenía unos ojos tan despiertos.
Tan pequeña se había vuelto, que al ver alrededor, pensó que caminaba sobre seguro.
Ella, que caminaba sobre un puente de asfalto.
Ella, feliz de haber sobrevivido sin aquellos colores ya muy lejanos, no lo notó.
Lo que no se notaba era que ese asfalto frío que acumulaba el calor del día, era mas fino que su piel.
Ella, que no vio que bajo ella en realidad corría un río sin destino.
Ella, creyéndose más fuerte comenzó a comprar herramientas.
Herramientas que servían para forjar objetos, que la ayudaban a avanzar sobre esos nuevos colores grises.
Ella, tonta, se creyó la dueña del asfalto entero.
Cerca estaban los demás. Esos que la hicieron sonreír mientras le apuñalaban las espaldas.
Esas que se rieron como brujas al verla caer en el encanto de "andar en bicicleta sobre un puente seguro"
Esas que se rieron al verla caer profundo.
Sí, cayó profundo. Un día se cansó de avanzar y paró a tomar aire.
Ese agujero la llamaba con hambre, mientras le sonreía.
Y sí, cayó.
Y sí, rieron.

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